Columnas

Soledad, madurez y destino

Juan Carlos Puebla Pavlovich

En el proceso de madurar, el adulto entiende que, al verse al espejo, encuentra cada día una versión distinta de sí mismo. Y es raro que alguien reconozca las consecuencias de sus acciones. Si lo hiciera, se enfrentaría a la abrumadora tarea de definir con certeza quién es; hacerlo implica responsabilizarse de sus actos y renunciar por completo a culpar a otros. En eso radica la adultez: tomar las riendas del propio destino y aceptar la angustiosa verdad de la soledad existencial. Rodeados o no de gente, en el fondo estamos solos y, aun así, tenemos que afrontar la ley de la selva que impera en una humanidad salvaje.
Todos perdemos la inocencia —no me refiero a la vida sexual— de formas trágicas. Traiciones, deslealtades, fraudes, violencia: las presenciamos tarde o temprano. Observamos la maldad en los actos de otros y comenzamos a dudar de la bondad. Crecer es entender que hay poca gente decente en el mundo. Cuando encontramos a alguien así, nos maravillamos y nos emocionamos, porque la bondad es exótica, deslumbra, seduce, es mística y única en su especie.
Yo la perdí cuando me negaron la entrada a un exclusivo club nocturno de la Ciudad de México. Humillado por el cadenero, me fui con la certeza de que las virtudes que me enseñaron en la infancia —el honor, la amabilidad, la bondad y la justicia— no garantizan nada. La mayoría se rige por reglas rudas y crueles. Tal vez por eso he huido de la mundanidad: me inquieta pensar que no hay lugar para la docilidad ni para la bondad. Aquella escena me marcó porque me obligó a incorporar otros códigos para sobrevivir en la noche de las grandes urbes: la audacia y la astucia.

Aprendí a temprana edad que la vida no va de buenos y malos, sino de autenticidad y carácter. La decisión de quien deja atrás las infantilidades es elegir: ser el espectador solitario de un documental que lo empuja a la victimización cuando el entorno le niega lo que busca, o asumirse protagonista de un filme donde la tragedia y la comedia se entretejen, entendiendo que cada escena forja un yo que insiste en seguir.

Que te falte independencia es terrible. Es desolador entender que la confianza en uno mismo no puede construirse con la aprobación de los demás, ni siquiera de quienes amas. Tu fiel acompañante —la única que no traiciona ni abandona— es la soledad.

Soledad: enigmática damisela que se somete a nuestros deseos y promete acompañarnos hasta la eternidad. Leal y callada, cuando todo oscurece, permanece sin chistar. Se extiende y, con melancolía, invade el corazón; tiende a aislarnos, pero también sabe cobijarnos en las horas más frías de la existencia.

Es en ese binomio de madurez y soledad florece una forma de libertad: la desalineación con lo otro. No aceptar invitaciones por compromiso, decir que no sin excusas, viajar sin necesidad de compañía, liberarse de las expectativas ajenas y del juicio constante. Ahí comienza una vida auténtica en la que uno vacía su casa y asume su condición de pasajero —perroflautista— que recorre vagones sin certeza del destino, pero con la convicción de que, por primera vez, avanza por cuenta propia.

Juan Carlos Puebla Pavlovich

facebook
Twitter

DEJAR UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *